Pocos, poquísimos cubanos, carecen de una anécdota asociada al cachumbambé o a cualquier otro “aparato” de esa naturaleza. Desde los primeros años de la infancia este juego, tradicional por derecho propio, se asocia a la diversión de los más pequeños y a las sonrisas de los padres.
Durante mucho tiempo fue el cachumbambé el centro de la diversión de mi Chiquito y la razón primera de sus deseos de llegar al parque de juegos y al Círculo en las mañanas.
Ahora comparte ese honor con la bicicleta, la maquinita, el chupa-chupa, la pistolita…. Y una lista infinita de cosas que todavía, afortunadamente, dejan a un lado las PC y los video-juegos, para entronizar a los tradicionales y garantizar su permanencia. Y para nada mi “afortunadamente” tiene un corte despectivo; solo que con este término mis preocupaciones en este sentido quedan temporalmente desplazadas.
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