Salí de Chaparra pasadas las seis de la tarde luego de una jornada de trabajo intenso que parecía no acabar nunca y me acompañó otra vez la sensación de abandono que experimento siempre que doblo la curva del cementerio y digo adiós cargando mis recuerdos de bagacillo de ingenio junto a la ceiba vieja y las escapadas inolvidables a la playa cada diciembre con la manía de despedir el año cerca de la fuerza que solo puede venir del mar, perseverante y violento.
Confieso que estuve revisando mi cartera un buen rato con la certeza de que había olvidado algo importante en algún lugar y me dije: “¿la cámara, la grabadora, qué se me queda?; demoré un buen rato en percibir que estaba buscando en el lugar equivocado.
Y es que allí se quedaban mi infancia, mis muertos, muchos de mis más lindos sueños y, sobretodo, una gran deuda con mi Chiquito que todavía no llego a saldar: y es que estoy segura de que cuando camine esas calles polvorientas y cómplices estará también más cerca de mí, de lo que soy y de lo mejor de sí mismo.
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